" Nadie se vuelve frío sin motivos. "
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El árbol del ahorcado.

No era un nombre al azar, ya que de él colgaban a los delincuentes en los revueltos años de la fundación de la ciudad.
Ese árbol, por lo tanto, había escuchado los lamentos de cientos de ciudadanos que, bajo su sombra, lanzaron sus últimos suspiros. El árbol había vivido las agonías de asesinos, ladrones y algún inocente, y las ramas aún guardaban en su savia el olor de la sangre, la sangre de aquellos hombres torturados que se vertió en la tierra y fue absorbida por las raíces, cada vez más gruesas y sólidas, de aquel roble crecido entre cadáveres.

-Jose María Plaza

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